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Como dijo una vez Megan Jayne Crabbe: Odiar nuestros cuerpos es algo que aprendemos y seguro que es algo que podemos desaprender. Nuestro cuerpo es tan perfecto como es tan rechazado, existen momentos en que no podemos observarnos a un espejo, nos aterra tomarnos fotos o recurrimos a los editores.

La verdad es que nuestro cuerpo, es nuestro templo. Nuestro cuerpo es el lugar que nos da una entidad física y nos permite actuar sobre el mundo externo, nuestro cuerpo es una parte más que importante, es aquel que junto con nuestras emociones y pensamientos forman un todo y todo aquello es lo que nos hace únicos.

Ese cuerpo que a veces tanto aborreces y no puedes ver reflejado en un espejo, ese cuerpo que escondes e intentas ocultar al llevar ciertas prendas, es el que te acompañará el resto de tu vida. Con el que disfrutarás de los mejores regalos que tiene la vida para ti.

A veces lo aborrecemos solo por estándares impuestos, pero ¿sabes qué puede cambiar esa fea percepción que a veces tenemos de nuestro valioso cuerpo? Es esa opinión que tengas hacía ti.

Tienes el poder de amarlo y aceptarlo, cuidarlo, porque tú y solo tú eres el dueño de tus opiniones. Y con decir aceptarlo, no quiere decir que nada cambie, significa empezar día a día, lucha tras lucha, amando y entendiendo la belleza que intentas esconder.

Pon tu mirada y mira a esa mujer perfecta reflejada en el espejo aquella que con sus “imperfecciones” es tan perfecta y bella. Mira ese cuerpo que tanto debes agradecer porque es el que te permite vivir tu vida.

Como una vez leí una frase en un libro de Louise Bourgeois: Para mi la escultura es el cuerpo, mi cuerpo es mi escultura ¡Llegó la hora de construir nuestro rompecabezas en algo más grande, el amor propio!

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